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Al azar

Ngũgĩ wa Thiong’o

Un hombre que intente cumplir con su deber puede estar seguro de que le lloverán las críticas desde ambos lados, agravadas por el hecho de que seguramente cometerá errores. Pero al mismo tiempo se nos presenta una magnífica oportunidad. La mayoría de los futuros líderes del país pasan hoy por nuestras manos.

Ngũgĩ wa Thiong’o, En la casa del intérprete

cicerón

Cuando comenzaba yo a escribir cosas de más entidad y sustancia que las que he publicado hasta ahora, tu voluntad me apartó de este camino. Estábamos juntos en la biblioteca del Tusculano registrando cada cual de nosotros los volúmenes que para su estudio necesitaba, y tropezaste con los Tópicos de Aristóteles, explicados en muchos libros. Te llamó la atención el título, y me pediste la explicación del libro, y habiéndote dicho yo que allí se explicaba el modo de hallar argumentos según el método inventado por Aristóteles, me diste, a entender modestamente, como sueles, pero de manera que bien se conocía tu ardiente deseo, que te enseñase aquel método. Yo, no por esquivar el trabajo, sino por interés tuyo, te aconsejé que los leyeses por ti mismo o que aprendieses el método con algún doctísimo retórico. Una y otra cosa has intentado, según me dices; pero la oscuridad de los libros te ha hecho desistir, y el retórico ha contestado que él ignoraba los preceptos de Aristóteles; y no es maravilla que un retórico desconozca a un filósofo, a quien muy pocos de los mismos filósofos estudian.

Cicerón, Tópicos a Cayo Trebacio

garcia lorca

Todas las tardes -tres, cuatro- nos dice el párraco: ¡que vais a ir al infierno!, ¡que vais a morir achicharradas!, ¡peor que los perros!…; ¡pero yo digo que los perros se casan con quien quieren y lo pasan muy bien! ¡Cómo me gustaría ser perro! Porque si le hago caso a mi padre -cuatro, cinco-, entro en un infierno, y si no, por no hacerle caso, luego voy al otro, al de arriba…

Federico García Lorca, Los títeres de cachiporra 

malba tahan

En efecto, el pensamiento más sencillo no puede formularse si en él no se envuelve, bajo múltiples aspectos, el concepto fundamental del número. El beduino que en medio del desierto, en el momento de la oración, murmura el nombre de Dios, tiene el espíritu dominado por un número: ¡la Unidad! Sí, Dios, según la verdad expresada en las páginas del libro santo y repetida por los labios del Profeta, es Uno.

Malba Tahan, El hombre que calculaba 

almafuerte poeta

Llénate de ambición, ten el empeño, ten la más loca, la más alta mira. No temas ser espíritu, ser sueño, ser ilusión, ser ángel, ser mentira… la verdad es un molde, es un diseño, que rellena mejor quien más delira.

Almafuerte

Francisco Brines

Pensáis que yo estoy vivo porque canto con viva voz, junto al que escucha, un sueño que pudiera ser vuestro y sólo es mío. Bien muerto estoy, pues ni siquiera hay llanto después de este dolor, y no soy dueño suyo. No tiene mar mi pobre río.

Francisco Brines

martin luther king

Tu verdad será mayor en la medida que sepas escuchar la verdad de los demás.

Martin Luther King

murakami-haruki

Pero lo cierto es que mi memoria se ha ido alejando de aquel prado y son ya muchas las cosas que he olvidado. Al escribir así, persiguiendo mis recuerdos, a menudo me asalta una inseguridad terrible. ¿No estaré olvidando la parte más importante? ¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?

Haruki Murakami, Tokio Blues

Achebe

Todos sus vecinos temían a Umuofia. Era muy fuerte en la guerra y en la magia, y sus sacerdotes y chamanes eran temidos en todos los alrededores. Su medicina de guerra, más potente, era tan antigua como el propio clan. Nadie sabía de cuán- do databa. Pero había algo en lo que todos estaban de acuerdo: el principio activo de aquella medicina había sido una anciana a la que le faltaba una pierna.

Chinua Achebe, Todo se desmorona

achebe

¡Se entraba al santuario por un orificio redondo en la falda del cerro, apenas mayor que las aperturas redondas que hay a la entrada de los gallineros. Los fieles y los que venían a pedir información al dios entraban arrastrándose por el agujero y se encontraban en un espacio oscuro e infinito en presencia de Agbala. Nadie había visto jamás a Agbala, salvo su sacerdotisa. Pero nadie que hubiera entrado en aquel temible santuario había salido de él sin temor a su poder. La sacerdotisa estaba junto al fuego sagrado que hacía ella misma al fondo de la cueva y proclamaba la voluntad del dios. El fuego no tenía llama. Los leños en ascuas no servían más que para iluminar vagamente la figura sombría de la sacerdotisa.

Chinua Achebe, Todo se desmorona